¿Por qué estamos peleando realmente?
¿Cómo reaccionaba a los regaños de sus padres en su infancia? ¿Recuerda Usted? Yo no. Pero afortunadamente mi madre tiene buena memoria y cuenta que cuando yo era muy pequeño y ella se enojaba conmigo había algo muy particular acerca de mi manera de reaccionar. Parece ser que después de algún regaño, y al escucharle decir mi nombre con ese tono característico de mamá molesta, yo me acercaba a ella, la miraba a los ojos y le decía “Díceme Coquito”.
¿Recuerda la cara que ponía el gato con botas en la película Shrek? Seguramente así me veía yo cuando llegaba a tocarle la mano y a pedirle que me diga “coquito”, que era la manera cariñosa en la que me llamaba desde que era un bebé. Creo que a veces hasta se lo decía llorando. Probablemente muchos niños hacen cosas similares, se puede inferir que están intentando despertar simpatía, quitarse el castigo o algo similar; pero , en mi caso, supongo que lo que realmente quería obtener en esos momentos con ese apodo en particular era un medio para medir la relación, es decir, algo que me permitiera calcular qué tan enojada se encontraba conmigo y aproximadamente en cuánto tiempo volverían las cosas a la normalidad entre nosotros.
Hoy día, muchos años después, puedo mirar esas interacciones a través del lente de mi profesión y encontrarles nuevas complejidades. De hecho, me es posible relacionarlo con algo que sucede muy frecuentemente en nuestras relaciones de pareja. Y no, este artículo no es acerca del complejo de Edipo, me refiero al apego, ese poderoso vínculo emocional que tenemos con las personas que nos cuidaron en la infancia y que posteriormente se re-crea con estilos muy particulares cuando nos enamoramos de alguien.
Venimos al mundo completamente dependientes, necesitamos de que alguien nos cuide, nos alimente y que también conecte emocionalmente con nosotros. Esa necesidad de conexión emocional es parte de nuestro cerebro mamífero; hoy día contamos con estudios científicos que demuestran que, desde el nacimiento hasta la vejez nuestra vida parece depender de esa conexión. Y esa es la parte controversial, porque todos están de acuerdo con la idea de que los bebés necesitan que los cuiden y que los amen pero si un adulto se atreve a decir que necesita de otro casi inmediatamente será considerado inmaduro, codependiente y recibirá una cátedra acerca del por qué debería corregirse y esforzarse para no depender de nadie. “Ámate a ti misma!!, quiérete!!”, le dirán los más fieles seguidores de algún gurú popular de esos que hablan bonito en público. Si bien es algo deseable amarse a uno mismo, en realidad no es suficiente; nuestra capacidad para regular nuestras emociones, sobre todo las negativas, sí depende en gran parte de la presencia de otro sistema nervioso. Necesitamos a otro ser humano que esté ahí para nosotros y que realmente nos vea, que sintonice empáticamente y responda si estamos en necesidad.
¿Alguna vez le han hecho la ley del hielo? ¿Recuerda lo que siente cuando su pareja se cierra y se niega a seguir hablando dejándole en medio de un caos emocional? ¿O la experiencia de ver que su cónyuge siente tanto enojo y decepción que le hace sentir que quizás ya no ve nada bueno en Usted y no podrá quererle más? Hoy día sabemos a ciencia cierta que en escenarios como estos se activan los centros de dolor en el cerebro y que las personas genuinamente sufren. Es a partir de este dolor que las personas hacen una de dos cosas : a) protestan intensamente buscando pleito, aferrándose, celando o agrediendo; o b) se ponen a la defensiva, se cierran y se alejan; todo con el mismo objetivo: hacer desaparecer ese dolor. Esas reacciones tan extremas no son berrinches ni exageraciones como suelen parecer en el momento; tienen sentido porque estamos en verdadera agonía emocional, literalmente son patadas de ahogado. El dolor que sentimos cuando peleamos con nuestra pareja y quedamos desconectados el uno del otro es registrado en nuestro cerebro como una amenaza de aislamiento y puesto que somos mamíferos que necesitamos de otros para sobrevivir nuestro sistema nervioso dispara alarmas porque identifica que estamos peligro de muerte. Así es como entramos en un estado de pánico de apego que es idéntico (en sensaciones físicas y emocionales ) a lo que siente un niño cuando se pierde en un centro comercial ( ¿ha visto con qué desesperación gritan? ). Cuando se encienden esas alarmas en nuestro interior de inmediato sentimos que hemos perdido toda seguridad, que moriremos y que no habrá nadie ahí para nosotros. En otras palabras, cuando nos sentimos rechazados por nuestra pareja nos duele y sentimos terror. Los terapeutas de pareja escuchamos muy frecuentemente cómo las personas usan analogías de muerte al intentar explicar cómo es para ellos cuando, después de una pelea, no consiguen reparar o reconectar; a menudo dicen cosas como “me matas con esa mirada, con el rencor que me tienes” o “siento que me ahogo y tu no vienes a ayudarme, que te quedas en la orilla viéndome morir y no te importa”.
Hace unos días reflexionaba en una sesión con alguien a quien le sugerí acercarse a su pareja para decirle que se estaba sintiendo insegura porque habían mujeres demasiado atractivas en la reunión. Mi consejo era: “dile cómo se siente pensar que no puedes competir con ellas y pídele que tome tu mano mientras te sientes mejor”. Termino de hablar y me doy cuenta de que me está mirando con el ceño fruncido como si le hubiera dicho un disparate; le pregunto qué pasa y me dice que no cree que eso pueda servirle para sentirse mejor; y le respondo: “¿Y enojarte con él y hacerle una escena de celos que lo pone a la defensiva contigo sí ayuda a que te sientas más segura? ¿Les acerca y puedes sentir que lo que ustedes tienen es especial? O más bien les aleja y entonces no solo te sientes insegura sino también ansiosa”. Entendió el punto.
Las estrategias que utilizamos comúnmente para manejar ese pánico tienen sentido para nosotros en esos momentos pero son ineficaces y tienen el poder de crear círculos viciosos de interacción en los que terminamos atrapados. Uno protesta y el otro también. Comienzan a pasarse la “papa caliente” el uno al otro para ver quién es el “malo” de la película. O bien uno protesta y el otro se aleja para defenderse de lo que percibe como una emboscada mortal. En otra variante más peligrosa los dos optan por alejarse y aprenden que es más seguro no esperar nada bueno del otro. En todas esas posibilidades, habitualmente terminamos mal: sufriendo en silencio e intentando distraernos de ese dolor con el celular, con alguna sustancia y a veces con alguna otra persona. Nadie gana, nadie obtiene lo que realmente quiere, la relación comienza a desgastarse. Una alternativa viable y ciertamente más efectiva es ir al núcleo del asunto y mostrar lo que realmente está ocurriendo, acudir al otro, pedirle ayuda.
Ser capaces de acercarnos a otro ser humano y pedir apoyo emocional cuando lo necesitamos es una muestra de lo mucho que hemos evolucionado como especie. La dependencia emocional efectiva no es inmadura ni patológica, de hecho es nuestra mayor fortaleza. Pero, tengo que admitir que la incredulidad de mi cliente tiene un punto perfectamente válido: hoy día la expresión de la vulnerabilidad tiene muy mala fama. Como sociedad hemos aprendido a reaccionar negativamente a las expresiones de necesidad emocional; le rendimos tributo a la independencia y vemos mal e incluso criticamos a aquellas parejas que se ven “muy juntas” y se piden ayuda emocional uno al otro. Hoy día muchas personas piensan _justificadamente_ que decirle a su pareja “te necesito” es una herejía, va contra las reglas (no sé cuales) y equivale a arriesgarse a ser rechazado, juzgado y hasta regañado. Como consecuencia de ello muchas personas se sienten avergonzadas de su propia necesidad natural de amor y reaseguramiento. Y es lamentable, porque realmente necesitamos de ello, sobre todo cuando estamos en dificultades… sobre todo cuando peleamos.
Los beneficios de una buena conexión emocional son muchos: Las neurociencias ya han demostrado que la necesitamos para subsistir y que tenemos mejor salud, somos más creativos y más felices cuando experimentamos cercanía y tenemos una base segura. Contar con alguien de quien podemos recibir apoyo emocional consistente fortalece nuestro sistema inmune, reduce nuestra probabilidad de morir de cáncer o de tener un infarto y en términos de salud mental tiene un efecto más significativo que ganarse la lotería. Construir con otro un refugio seguro en el que podamos resguardarnos de las adversidades de la vida es el antídoto natural para el miedo y el dolor.
Pero enfrentamos una contradicción y nos hemos metido en tremendo lío: aquello que tanto necesitamos y que nos representa tantos beneficios no tiene un lenguaje para ser expresado ni solicitado. Y entonces lo único que nos queda por hacer cuando sentimos que perdemos lo que nos une es protestar (reclamarte por el dolor que siento) o retirarse emocionalmente (me alejo para que tu rechazo no me duela más). Y nada de eso funciona, al contrario, nos hace sentir todavía más alejados, aislados y sintiéndonos lastimados por la persona más importante en nuestra vida.
¿Por qué teniendo la conexión emocional tantos beneficios y sobre todo si experimentamos tanto dolor cuando sentimos que la perdemos, nos sigue siendo imposible tener una manera de expresar que estamos en , posiblemente, una de las peores situaciones emocionales por las que un ser humano puede pasar y que necesitamos más que nunca de nuestra pareja?
Por dos razones:
- Tenemos problemas para expresar que estamos en dolor. No tenemos las palabras. ¿Cómo te digo que cuando te olvidas de llamar me sumerjo en un abismo de miedo porque dejo de sentir que soy importante para ti? ¿Cómo te expreso que cuando te molestas conmigo y dejas de hablarme una parte de mí siente que debo empezar a endurecerme en caso de te vayas y ya no exista un nosotros?
- Aún si existiera el lenguaje, si nuestra pareja nos expresa lo anterior, para entenderlo y decodificarlo adecuadamente tendríamos que ubicarnos en una posición de vulnerabilidad que está prohibida. La asociamos con algo siniestro, con debilidad. Desafortunadamente para nosotros, la vulnerabilidad es el punto de inicio de la empatía. Entrar en lo que me dices requiere que me vulnere. No puede haber empatía sin vulnerabilidad porque para poder empatizar necesito activar en mí esa parte que sabe cómo se siente estar mal, estar caído. Necesito estar dispuesto a sentir tu dolor.
Para que la conexión pueda darse necesitamos dejarnos ver, realmente permitirnos ser vistos a profundidad y tal cual estamos en esos momentos incluso si no tenemos garantías de que el otro nos mirará de regreso con compasión. Pero es un riesgo que alguien tiene que tomar, por que la alternativa de “primero muerta antes de darle el gusto de verme llorar” inicia un juego psicológico que termina por carcomer a largo plazo los cimientos de la relación.
Dadas nuestras limitadas e ineficaces alternativas :
¿Será que debamos comenzar a practicar maneras de acudir a nuestra pareja y pedirle ayuda en lugar de iniciar esos círculos viciosos? Podríamos acaso arriesgarnos a ser vistos sin la armadura? ¿Crear nuestro propio lenguaje para utilizarlo precisamente en esos momentos tan difíciles en los que sentimos el dolor de la desconexión emocional?
¿Será que seamos capaces, ya de adultos, de aceptar nuestra vulnerabilidad y dejarle ver a nuestra pareja cuánto la necesitamos? ¿Podremos mirarle a los ojos mientras le tomamos de la mano y pedirle “díceme coquito”?.