Los momentos en los que el amor es ciego
Este año se añadió a nuestra manada un nuevo integrante: una Jack Rusell Terrier a quien adoptamos y decidimos nombrar Yakisoba. Lo poco que sabemos de su historia es que viene de un criadero en el que era explotada y que perdió la vista como resultado de los malos cuidados de las personas de las que dependía.
Conforme Yakisoba se ha ido adaptando a su nuevo hogar la he observado con mucho interés. He aprendido que cuando se siente segura puede caminar por la casa con más confianza y sin chocar con las cosas; que cuando puede sentir que estamos ahí es mucho más curiosa y que explora, come y socializa mejor.
Sin embargo, Yakisoba también puede entrar en un estado de temor con mucha facilidad. Se inhibe cuando escucha variaciones en el volumen de los sonidos y también se inquieta cuando hay demasiados estímulos a su alrededor y no puede sentir que estamos cerca. A causa de su limitación visual son muchas las cosas que la asustan y es por medio del contacto físico o de la calidez en nuestra voz que conseguimos hacerle sentir que todo está bien. Yakisoba nos necesita de una manera muy particular porque nosotros somos sus sensores de seguridad – es a través de nuestros sentidos que puede encontrar cierta luz en la oscuridad en la que habita.
Las emociones humanas tienen mucho en común con lo que le sucede a Yakisoba. Cuando sabemos y sentimos que contamos con una base segura, que hay alguien ahí para nosotros, somos la mejor versión de nosotros mismos. Por el contrario, cuando experimentamos algunas de nuestras emociones más vulnerables, como por ejemplo tristeza o miedo, nos perturbamos y literalmente estamos en la oscuridad. Esto sucede porque nuestro sistema nervioso tiene limitaciones para regular estas emociones en soledad _de hecho las interpreta como peligrosas para la vida_ e invariablemente llega un punto en el que necesitamos de la presencia de otra persona que pueda ser un sensor de seguridad para nosotros y que nos ayude a sentir que todo estará bien.
Al igual que un bebé llora y grita hasta encontrar seguridad emocional en los brazos de su madre, los adultos también necesitamos de que alguien nos vea y reaccione apropiadamente a lo que estamos sintiendo, sobre todo si no estamos bien. Esa necesidad de contacto emocional y de ser reconfortados persiste en nosotros a lo largo de la vida y por lo general experimentamos miedo intenso cuando no lo encontramos de ciertas personas.
Inicialmente, fueron nuestros padres quienes a través de sus reacciones podían calmar nuestros miedos. Más adelante en la vida es nuestra pareja quien recibe esa estafeta. La persona a quien elegimos como compañera o compañero de vida tiene un impacto incalculable en nuestras emociones. Tiene la capacidad de acompañarnos en la oscuridad y de aplacar nuestro dolor… pero también puede tener iniciativas y reacciones que nos arrojan a una oscuridad peor.
¿Puede recordar la última vez que sintió rechazo de parte de su pareja? Tal vez Usted tomó una iniciativa afectiva o sexual y no encontró respuesta… Intente ahora mismo sentir lo que suele ocurrirle en el cuerpo cuando su pareja se enoja con Usted y le trata con cierta hostilidad. O quizás pueda recordar cómo se siente cuando han pasado días sin muestras de cariño entre ustedes… pero se encuentra con que su pareja abraza y besa efusivamente a sus hijos o a la mascota de la casa.
Lo que se siente en situaciones como esas es un dolor muy peculiar que fácilmente se convierte en rabia. Cuando aquella misma persona con quien he encontrado seguridad emocional en el pasado deja de responderme en un momento en el que le necesito, lo más probable es que mi reacción sea muy negativa y desde las entrañas. Tal vez le reclame y le haga la vida imposible, o quizás le manifieste mi rechazo comportándome con indiferencia.
Lo que ocurre externamente por lo general no refleja lo que las personas están experimentando internamente en esos momentos. Una esposa puede estar “endemoniada” y mostrar un comportamiento hostil cuando en realidad por dentro se siente profundamente sola y no valorada. Un hombre puede reaccionar con frialdad y a la defensiva a lo que está percibiendo de su pareja (me odia, no ve nada bueno en mí) mientras que en su interior está intentando contener emociones de tristeza que amenazan con quebrarle frente a ella. Los dos comienzan a reaccionar a la manifestación más superficial de las emociones del otro y en muy poco tiempo se crea un círculo vicioso en el que ambos se rechazan mutuamente. Nunca, nunca he conocido a alguien que no sienta dolor cuando se encuentra en medio de esa situación.
El dolor que siento en esos momentos en los que nos perdemos el uno del otro; cuando estamos tan desconectados que dejas de verme y yo necesito saber que estaremos bien es un sentimiento que rara vez conseguimos mostrarnos. Por el contrario, la mayoría de las veces adoptamos visión de túnel hacia los detonadores: me hablaste feo, no me ves a los ojos, siento que otra vez te vas a enfurecer conmigo … y de inmediato me trastorno; sencillamente dejo de sentir que estamos en el mismo equipo. En más de una ocasión he escuchado a una persona decirle a la otra en el consultorio: “Cuando te enojas conmigo me asusto. Necesito que me digas que todavía me quieres aunque sientas enojo hacia mí”. Puede parecer exagerado, pero casi todos necesitamos ese reaseguramiento. Necesitamos saber que la conexión emocional todavía está ahí aunque estemos pasando por un mal momento.
Cuando se trata de rechazo y abandono todos tenemos un punto extremadamente sensible. La posibilidad de perder la seguridad que nos suele dar la presencia y el cariño de nuestra pareja nos afecta profundamente.
En ese sentido hay momentos en los que el amor es ciego porque cuando una situación nos lleva a sentirnos desconectados emocionalmente de nuestra pareja es como si se apagaran todas las luces de manera repentina y quedáramos sumergidos en una total oscuridad. Nuestro primer impulso será llamar al otro y preguntarle “¿Dónde estás?”. Si encontramos su mano y sentimos su presencia eso nos devolverá la calma porque no estaremos solos; nadie quiere estar solo en la oscuridad. Pero si, como generalmente ocurre, no encontramos una respuesta o recibimos un manotazo, nuestra reacción suele ser como la de Yakisoba: protestamos, hacemos ruido, reclamamos por la oscuridad. La otra persona probablemente se comporte de manera errática, permanezca inmóvil o quizás se mueva con mucha cautela porque también está en la oscuridad y no entiende lo que ocurre; solo siente que no es seguro, que hay demasiado ruido y no sabe con qué está lidiando. Ambos añoran encontrar una fuente de luz o de perdido localizar al otro en medio del caos, pero conforme comienzan a chocar entre sí y sus intentos de encontrarse fracasan terminan contribuyendo a prolongar la oscuridad y a sentirse todavía más distantes.
La próxima vez que vea esas actitudes negativas en su pareja intente recordar de dónde vienen. El enojo, los reclamos, el distanciamiento suelen ser reacciones que habitualmente adoptamos ante el miedo que nos da estar en la oscuridad. Recuerde que todos reaccionamos muy mal cuando sentimos que no se nos quiere. Si su pareja está furiosa significa que eso es como una fiebre durante una infección: es reflejo de que algo importante le ocurre y eso necesita ser atendido. Si su pareja se distancia y evita el confrontamiento habitualmente significa que algo de la situación le está abrumando e incluso asustando. Resista a esa voz en su interior que le invita a concluír que su pareja es una mala persona por comportarse de ese modo.
Respire y evite dar manotazos en la oscuridad. En lugar de eso intente ubicar en dónde estuvo el corto circuito, qué fue lo que apagó las luces. Atienda más a la desconexión emocional y menos a las manifestaciones de frustración del otro. Permanezca cerca y toque a su pareja si es posible; háblele en un tono suave y hágale saber que Usted está ahí, que puede darse cuenta de que algo importante sucedió. Mantenga apertura para entender lo ocurrido; no tema ir despacio y mostrar interés haciendo preguntas.
Inténtelo. Estas respuestas no van a solucionar los problemas, pero sí van a prender una vela en la oscuridad y a mitigar el miedo que suele surgir en esos momentos de desconexión… Se van a dar cuenta de que en realidad no están tan lejos el uno del otro; que los dos quieren y añoran exactamente lo mismo: seguridad y estabilidad emocional en las buenas y en las malas… en la luz y especialmente en la oscuridad.